En el esplendor de los años 80 y más concretamente allá por el año 1982 las tardes de primavera eran de caramelo de miel y de sabor a festivo. Recuerdo a María llena de sutilezas y a su todopoderoso 127 (Seat) en el cual nos dábamos algún que otro festín. Por aquel entonces, la cosecha de hembras no se daba mal y abundaba bastante el amor libre y el intercambio de pareja. Lo que más se llevaba por aquel entonces era el beso con rosca, el intercambio de fluidos era abundante y prometedor y nos dejaba el aliento bastante mejorado. Aunque el de María sabía a pitillos negros, que eran los que ella fumaba, pero no me desagradaba en absoluto.
María tenía una blusa con botones que le venía algo justa. Sus pechos tiraban tanto de los botones que parecían que iban a estallar y hacerlos trizas. María era sabia, tenía explicación para todo lo que había que saber sobre la pareja. Nosotros nos los pasábamos muy bien en el 127 por aquellos años. En el '82 más o menos todo rezumaba juventud y unas ganas locas de tener un cuerpo a cuerpo entre ambos sexos.
Nosotros solíamos quedar en un pub que había en el Fontenay. En el intercambio de fluidos no pensábamos ni en el contagio ni en nada de eso, es más, queríamos emborracharnos el uno del otro y saber a lo que sabía el otro. Yo admiraba a María, era unos cuentos años mayor que yo. Yo no tenía el carnet de coche, ni tenía coche, así que íbamos en el de ella. Los dos rebozábamos una juventud envidiable y nuestros besos eran apasionados.
Martina era la mejor amiga de María, y tal vez, también su pareja. Martina era fría y calculadora. Tenía en el acento alemán su principal defensa. Cuando te lanzaba su: Y no es por nada... Estaba claro que no le convenía lo que había sobre la mesa. Martina era cortante con su frialdad a la alemana. Te pegaba hachazos dialécticos sobre el tema que se estaba tratando.
María era todo lo contrario que Martina. Era dulce, sensible, le gustaban las caricias y todo lo meloso del tema de pareja. Ella y yo formábamos un dúo bastante interesante. Eran tiempos pletóricos y valiosos para nosotros. La suave brisa taciturna daba para estar eufóricos de un clima benévolo.
Por aquellos tiempos se llevaba el beso como algo normal y moral. La moral que teníamos todos era plena y satisfactoria. Utilizábamos el lenguaje para entendernos, no existía el móvil. Martina y María eran tal para cual; distintas, sí, pero con un gran entendimiento sobre ellas. Martina era delgaducha pero muy atractiva, María era rellenita pero apenas si le sobraba algo.
María me hacía soñar a los 16 años. Martina también, pero con ella no había nada seguro. Todo lo contrario que con María, me daba de beber de sus labios carnosos y significativos. Era todo pasión lo que rezumábamos ambos.
Lástima que terminara tan pronto.

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